lunes, agosto 29, 2005

Maragall en el Sinaí



Después de haberme echado al coleto un mes entero (con sus respectivos días y sus correspondientes noches) sin Internet ni periódicos, vuelvo de nuevo al ruedo de la candente actualidad. A pesar de que no soy muy dado a la coprofilia (ojalá nadie me acuse de coprófobo; los adictos a esa tendencia sensual me parecen buenas personas), durante estas últimas semanas me he tenido que conectar con algo de asquillo al mundo exterior a base de las deposiciones que las telediarios ponen a nuestra disposición. Pero desde el día de mi arribada a la eurorregión -que fue ayer- he efectuado un titánico esfuerzo por ponerme al día y estar al loro. Me ha entristecido sobremanera que mientras el presidente -y compañero- Maragall ascendía metafórica y cansinamente al monte Sinaí para portarnos los once mandamientos -Moisés se dejó uno; así nos ha ido- y fundar una nueva religión tal y como hiciera Enrique VIII en el siglo XVI, nosotros adorábamos una vez más al Becerro de Oro (encarnado en esta ocasión por el anglocabronian way of life y los placeres vacacionales) y le dábamos la espalda a lo que verdaderamente importa. La Historia, como si la vida fuera una cinta de Moebius y estuviéramos condenados al eterno retonno, vuelve a reproducirse y a plagiarse a sí misma una vez más.

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